El paracaídas de la Felicidad...

Escrito por mentefeliz 05-11-2016 en Coaching. Comentarios (0)

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El uso del paracaídas tiene diversos orígenes según la cultura que se trate. Los chinos dicen haber usado el paracaídas como una variación de la cometa o para enviar información de una cometa de un lado a otro de un río. Los franceses (que dicen haberlo inventado) lo usaron durante siglo XIX como elemento de seguridad para aquellos que ascendían en globos aerostáticos. Algunos aseguran que el primer paracaídas práctico fue inventado en 1783 por Louis-Sébastien Lenormand con el propósito de ayudar a escapar ilesos de un edificio en llamas a las personas que allí se encontrasen, probando su efectividad en público el 26 de diciembre de 1783. El primer uso del paracaídas en forma masiva que mostró su efectividad en el campo militar fue utilizado sobre la isla de Creta el 27 de abril de 1941 por fuerzas aerotransportadas alemanas (unos 10.000 soldados fueron lanzados).

Gabriela sale a enfrentar el mundo con un buen paracaídas; sobre todo, porque cada mañana viene con la posibilidad de lanzarse y sentir ese mismo vacío que produce enfrentarse con los fantasmas que a veces rondan en su mente. Por eso es que es muy importante estar preparado para el "salto", dice. Por ejemplo, es clave tener una buena condición física, estar muy liviano, mantener una temperatura adecuada y, una buena actitud definitivamente. A veces salimos, dice Gabriela, sin tener estas precauciones básicas, lo cual hace que la mayoría de las veces el miedo nos paralice acotando la posibilidad de "saltar".  Cada mañana es una aventura que debes asegurarte de muchas cosas porque se trata de tu vida, de tu sueño y el de muchos de tu entorno. A ella le dicen dizque "la paracaidista feliz" porque desde que se metió en el cuento de la Psicología Positiva, anda con la amígdala en su mochila viviendo intensamente cada una de sus emociones y experimentando en cada una de ellas la maravilla del aprendizaje. Dice que esa mochila le permite estar muy liviana y con absoluta conciencia para cualquier salto que se atraviese. El otro día me contó que en uno de sus "saltos" en paracaídas, encontró un globo de helio con una carta colgando; de esas que lanzan al infinito como rituales de "dejar ir", y no aguantó la tentación de cogerla para leerla cuando aterrizara. No veía la hora de estar a salvo para sorprenderse de la nota y encontrarse con la sorpresa de que fuera la que ella había lanzado hacía algunos meses atrás; es que era la misma bomba y la misma carta con la decoración que le había hecho. 

Gabriela era muy inquieta y amiga de todas las cosas que le generaran sorpresa. Cuando estuvo a salvo, se detuvo y pensó en que muy seguramente alguien había lanzado esa bomba con la ilusión de que, al soltarla para siempre, su dolor se iría también. Como andaba en el cuento de la Psicología Positiva, se le ocurrió que lo mejor era leerla y buscar un aprendizaje que muy probablemente la vida le había puesto en su camino. Se sentó en un parque de esos donde los adolescentes se olvidan del mundo y los ancianos intentan apegarse, porque de alguna manera sentía que nos estaba haciendo lo correcto, por lo cual quería estar sola. Miró hacia todos los lados y por fin abrió la carta: " Hoy te dejo ir porque llevas alojado en mi hipocampo muchos años saboteando mis pensamientos y aprisionando mi respiración sin la menor consideración. Te dejo ir porque al fin he aprendido que las cosas no son lo que nos sucede sino lo que decimos de lo que nos sucedió. Te dejo ir porque he aprendido que somos esclavos de nuestros pensamientos y estoy segura de que mi espalda se alivianara cuando mis pensamientos transformen ese recuerdo en una bomba diluida en el cielo". Gabriela seguía leyendo y sus lágrimas eran cómplices de esa extraña emoción que da enfrentarse con sus propios miedos ...

Gabriela salió corriendo con una alegría tan grande que hinchaba su amígdala casi a reventar su mochila; dio el salto más profundo que jamás había hecho en toda su vida. Ya en el cielo, cerquita de Dios y con los fantasmas congelados como una paleta, sintió una paz tan enorme que se tiró la cobija encima y siguió durmiendo.